sábado, 6 de septiembre de 2008

¡Ay Jesusito!


Dije basta. De sufrir, de extrañarla, de no saber qué hacer sin ella.
Se acabó, fue la expresión.
Pero claro, una cosa es resolverlo y otra que pase en la realidad.
¿Qué se hace a los veintitrés años cuando la novia lo deja a uno?
Emborracharme nunca me gustó; llorar tampoco; escuchar música no me sirvió de mucho; y recurrir a los cuates menos porque a casi ninguno les caía bien Mercedes, así que en vez de acompañarme en mi dolor –¡Uy! Esa frase no es de bolero sino de tango- se hubieran alegrado de que desapareció de mi vida.
Así que decidí recurrir en plan de consejo al lépero hereje, frase para definir a un personaje singular, mi tío abuelo, Jesús, que claro, con ese nombre, ¿cómo no iba a ser sacerdote?
Pocas veces hablé con él desde su retorno así que no lo conocía mucho pero por las referencias familiares y lo que había visto pensé que podía servirme. Porque él sí fue la oveja negra. Yo, por haberme ido a vivir con una mujer cinco años mayor, sin casarme, ni siquiera por lo civil, apenas llego a gris.
Entre sus historias está que vino a oficiar de sacerdote a esta ciudad, la misma que lo vio –nos vio- nacer, cuando tenía veintiocho años. Necesitó, cuentan, a alguien que le cocinara, lavara y planchara la ropa y limpiara la iglesia, así que contrató a Eustolia, una muy devota mujer, que asistía puntualmente a misa cuantas veces las hubiera y rezaba con mucho fervor, “casi místico”, según mi abuela. El detalle estaba en que tenía diecisiete años y cuando Jesús se la llevó –mi tío abuelo, no el otro- a su nuevo destino, tres años después, estaba más gordita.
Las historias de sus sermones eran alocadas. Como la vez que desde el púlpito preguntó, con rugiente voz, “¿por qué chingados vienen a ser perdonados si cuando cometieron el pecado ya sabían que lo era?”. Mi familia, creyente como la que más, se escandalizaba de ese familiar que, años después se supo, tenía dos hijos con Eustolia, quien seguía limpiando, cocinando y planchando pero ya no vivía en la iglesia. Que se supiese. En aquella ciudad fue bautizado como “el padre besucón”, porque cada vez que casaba a una pareja decía “puede besar a la novia... primero usted y después yo”. No sé cuántas le hicieron caso ni cuántos maridos lo permitieron, pero el sólo hecho de que lo propusiese ya hablaba bien del único hermano de mi abuelo que vivía.
A nuestra ciudad volvió hace medio año, él con setenta y tres y ya jubilado, así que vivía abiertamente –según se mire, porque cerraban la puerta- con Eustolia, cuyos hijos, profesionistas, les habían dado tres nietos, a cual más simpáticos cada uno. Los conocí a todos un domingo, en comida familiar. Un sábado en la mañana estábamos Mercedes y yo sin siquiera habernos levantado y disfrutando cada uno del cuerpo del otro cuando los golpes en la aldaba nos indicaron que alguien insistía en interrumpirnos. Impensable que fueran mis padres, que a ella nunca le dirigieron la palabra y a mí apenitas, ni mis hermanas menores, quienes aseguraban me iría al infierno, así que me puse a medias un pantalón y fui a abrir. “Hola, pecador, soy tu tío Jesús, hazme pasar y sírveme un café que no vengo cargando la cruz pero caminar, a mi edad, cansa”, definió. Por si fuera poco, cuando apareció Mercedes la abrazó y besó, la miró de arriba abajo y soltó “hijo mío, ¡qué buen gusto tienes para pecar!”.
Mercedes no paró de reírse mientras estuvimos los tres ni al día siguiente en la comida, a la que llevó un postre que raras veces hacía. Fue entonces cuando conocí a Eustolia –“esa perra”, “la enviada del Demonio”, “ella es como la del pecado original”, según expresiones de mi abuela o tías-, una mujer dulce hasta decir basta a la que se notaba sus hijos adoraban, al igual que a Jesús –mi tío, no el otro, o vaya uno a saber, quizás a aquél también-, y que por su porte era notorio que fue muy bella.
Yo creo que el lépero hereje –lo segundo ya no lo era, pero lo primero con cuánto entusiasmo, no podía decir tres palabras sin que alguna fuera una leperada- nos invitó porque éramos la única familia dispuesta a estar con él; e igual fue para Mercedes, por fin alguien de la mía se dignaba dirigirle la palabra. Y creo que fue lo único que le dirigió, además de sonrisas, porque estaban delante esposa, hijos y nietos. Si no, otro gallo hubiera cantado.
Pero ahora Mercedes ya no estaba y la casa y la soledad para mí eran un infierno. Supe que se fue a otra ciudad pero no me quiso dar ningún dato de dónde de manera que todos mis intentos de encontrarla fueron en vano: hasta cambió de dirección de correo electrónico. Yo estaba en la desolación total.
Mi tío me recibió en calzones y camiseta. Cuando le expliqué por qué había ido rascó su barba, canosa, que no se la dejaba pero era obvio que en tres días por lo menos no se había rasurado, y poniendo un tono de voz misterioso dijo “llegó la hora”. Como tras decirlo se levantó y marchó, me pregunté de qué diablos sería la hora, aunque cuando lo vi venir con una botella de tequila no supe si reírme o emprender la retirada.
Pero ni lo intenté ni me hubiera dejado. Sirvió dos copas, le pidió a Eustolia algo de botana y proclamó “de lo que llegó la hora es de que entiendas cómo es la vida; si lo entiendes bien, Mercedes va a ser una anécdota o la vas a ir a buscar hasta el fin del mundo”.
Me llevó cinco meses hallarla. Y dos días convencerla de que volviéramos a estar juntos. Hasta anoche lo logré. No sé cuánto duraremos, si será para siempre, como Jesús –ya saben, mi tío- y Eustolia, pero valió la pena el esfuerzo. Aunque en realidad no me costó mucho porque lo que hice cuando la vi fue prometerle que sería como él me dijo que fuese y casi recitarle, palabra por palabra, lo que me explicó el lépero hereje aquella mañana, mientras mi tía cosía un disfraz de mariposa para su nieta menor.
“A ti, como a casi todos, te enseñaron a sufrir y a penar, porque eso es lo que la religión dictamina. Yo, como enseñaba otras cosas, nunca pasé de cura de pueblo. Y menos mal, porque si hubiera llegado a ser Papa todo sería distinto, no sabes qué chingaderas haría. Toma el ejemplo de mi tocayo, ¡él sí supo ser un cachondo! Convirtió el agua en vino para que la gente pudiera emborracharse a gusto; no permitía ayunar en las fiestas porque para qué mierda va uno a una fiesta si es para morirse de hambre; los rabinos lo crucificaron no porque no fuera el Mesías sino que predicaba la alegría; y para rematarla vivió con una prostituta, o sea que ella sabía de memoria cómo ejercer el acto más feliz del mundo. Tú ni levantes la cabeza, Eustolia, que el primer libro que te hice leer fue Justine y Juliette, el del Marqués de Sade. ¿O no me vas a decir que disfrutabas más estando conmigo que yendo a misa? ¡Ah, verdad! Pero a ti, muchacho, te educaron en ir a misa, y seguro que tu inconsciente, ese que nunca duerme, cuando eyaculabas en vez de hacerte dar un alarido de placer te hacía vivir las culpas de no estoy casado, esto es pecado, el Señor me perdone y tantas otras idioteces. O sea, la pobrecita de Mercedes, si disfrutaba, disfrutaba a medias. Piensa en mi tocayo... se cuenta que más de una vez los vecinos fueron a ver si le pasaba algo por sus gritos, un dolor de muelas o cosa por el estilo, y qué va, aquél jadeaba entusiasmado porque Magdalena –fíjate qué curioso, no me había dado cuenta que su nombre empieza con la misma letra que el de tu ex mujer- lo dejaba rendido. Y no a sus pies, precisamente. O sea, que lo que te falta es alegría y saber coger, no hay de otra. Tú silencio, Eustolia, que ésta es conversación de hombres, vuelve a lo tuyo. Que son las cosas que mi tocayo tuvo. Y yo también, si no me crees pregúntale a ella. Te voy a contar algo que nunca le dije a nadie, ni a mis hijos. La primera vez que nos acostamos esta mujer no dejaba de persignarse y rezar en susurros y tanto me hartó que terminé atándole las manos a la cama, amordazarla no porque hubiera quedado feo, pero eso me permitió oír que su quejido de placer, murmullo o lo que haya sido fue ¡Dios mío! O sea, según ella, pude haber sido Papa. Y sobre todo, diviértela, hombre, diviértela, no hay mujer que olvide a quien la hace reír.”
Cuando terminó de hablar, Eustolia alzó la vista, con sus ojos brillando, y sólo dijo “¡Ay, Jesusito!, amén.”

1 comentario:

Sandra dijo...

¿Qué se hace a los veintitrés años cuando la novia lo deja a uno?

De entrada, felicidades por no hacer lo que dices no te gusta, ya de inicio se ve que no eres tonto.

Ahora, a todos y todas en la vida, nos ha dejado una novia o un novio, segun sea el caso, y en ocasiones no solamente una vez, sino varias.

Cuando se vive esta experiencia muy joven y no se tiene buena autoestima, el mundo se derrumba, pero cuando se posee autoestima y a pesar de la tristeza se puede ver que si una chica (o un chico, lo digo porque soy mujer) nos deja, se va, hay que aprender de la experiencia y saber plenamente que hay que pasar a otra cosa y dejar de pensar en lo sucedido. No es facil, lo se, pero el problema de todo esto no es nuestro, es de quien se va.

¿Sufrir por alguien que no supo valorarnos? ¡no! ¿vale la pena seguir pensando en alguien que decidió (por lo que sea) que era mejor no estar con nosotros? tiene derecho a hacer lo que quiera, allá esa persona, nosotros también tenemos derecho a decirle adiós con la dignidad que da el darse cuenta que al perderla salimos ganando porque en el camino que viene seguro está alguien que está esperando por nosotros y con quien seremos felices.

Las experiencias son para aprender, para sacar enseñanza. Y como enfrentemos esta experiencia, lo dirá todo de hoy en adelante.

¡A otra cosa! Muy pronto te darás cuenta de que el que se haya ido de tu vida esta persona, fue lo mejor. Ya lo verás.

Se vive solo una vez, y nada ni nadie tiene derecho a hacernos sufrir, no lo permitas, no vale la pena.

¡se feliz! tienes todo para serlo asi como tienes muchas cosas por hacer, entre ellas tu propia vida a la que tienes que dar lo mejor de ti.